¿El sonido del silencio o sonido del ruido?

Por Constanza Domínguez.

El compositor y artista norteamericano John Cage nos invita a escuchar el sonido del silencio.

“El sonido del oído es el silencio de la escucha dirigida. Si se presta oídos al mundo, el oído se llena de sonidos”.

Se dice que en el silencio sólo se escucha lo esencial, pero muchas veces tenemos temor de escuchar ese sonido, temor a quedarnos en blanco y no oír nada, pero el silencio es el ruido más fuerte, quizá el más fuerte de los ruidos. Manejar este sonido del silencio no es una tarea fácil, es más difícil que manejar el sonido de la palabra, porque el silencio es el ruido de las cosas que no escuchamos.

La belleza de las cosas está en el ojo observador, ese ojo silencioso, paciente, que espera y a la vez activo para detectar y comprender lo que realmente está pasando a través de él. Pero muchas veces lo que en realidad estamos escuchando no es el sonido del silencio, sino que lo opuesto a éste, sino el sonido del ruido. Un ejemplo claro de esto es la reciente escultura de un magnífico caballo de acero forjado de 9m de altura del destacado artista Francisco Gazitúa instalada en las puertas del acceso a La Dehesa, en la comuna de Lo Barnechea, Santiago.

Se entienden las razones por las cuales fue instalada. El académico y escritor, Miguel Laborde explica en un reciente artículo dedicado a esta escultura, que “La Dehesa fue ‘El valle de los caballos’ para Pedro de Valdivia, por su cerco de cerros que, sumado a la corriente del Mapocho, dejaba a los valiosos animales bien protegidos. Después de todo, la palabra dehesa viene de “defensa”, por la tradición medieval de ubicarlos en lugares aislados de fieras y ladrones”, por lo que este noble animal necesitaba un homenaje, para honrarlo a través de esta majestuosa escultura —Gazitúa tiene como referente la raza de caballos chilenos de Los Andes: criollo-andino, adaptados a las huellas y a la altura de la Cordillera— y entregarle un nuevo ícono a este sector de la ciudad de Santiago, fuertemente incentivado por su alcalde —la cual se financia con la publicidad que se ocupó durante su proceso de instalación—.

Pero el problema no está en si es un caballo, un perro, un gato, un burro, un personaje histórico o lo que sea, el gran problema recae en ¿Cómo estamos construyendo nuestras ciudades? ¿Bajo qué sonido?

Esta magnífica escultura está emplazada entre avenidas y centros comerciales, casi sin posibilidad de ser contemplada en un recorrido peatonal, uno quisiera poder admirarlo con mejor perspectiva para poder dedicarle el tiempo de contemplación que se merece una obra de arte.

Un estudio realizado por el profesor Semir Zeki, experto en neuroestética del University College de Londres, estudia la reacción del cerebro cuando se contempla una obra de arte. “Descubrimos que cuando se contempla una obra de arte, ya sea un paisaje, un bodegón, un retrato o un cuadro abstracto, se produce un estímulo en la parte del cerebro relacionada con el placer. Los escáneres midieron el flujo sanguíneo en la corteza orbitofrontal medial, la parte del cerebro asociada al placer y al deseo, y permitieron descubrir que la belleza artística produce una sensación placentera inmediata”.

Pero lamentablemente, desde el automóvil a una gran velocidad, difícil sería poder contemplar con detención esta escultura. Estamos convirtiendo nuestros barrios en grandes vitrinas de exhibición, en lugar de cultivar la calma, la observación, la contemplación de las cosas simples; adornamos las nuevas ambiciones y “necesidades” de nuestra sociedad con un toque de arte, para demostrar que en realidad somos un poco más que un nuevo centro comercial, un nuevo Street Center, un nuevo Mall y unas nuevas avenidas.

Lo Barnechea se está convirtiendo en un gigantesco centro comercial, una comuna hecha para autos, cada día más edificios de oficinas y malls que se rodean de esculturas y áreas verdes inutilizables. Este ejemplo pasaría a ser solo la guinda de la torta.

Qué ganas que estas buenas iniciativas de querer conmemorar, darle un nuevo carácter e iconos a un lugar, vaya siempre ligado a una buena propuesta de espacios públicos, buenos sistemas de circulaciones y conexión para todo tipo público, ya sea tanto para peatones, ciclistas, automovilistas, etc.

Esta melodía no sonará si no ponemos manos firme a la forma en que estamos pensando nuestras ciudades, ya que el sonido del ruido estará interfiriendo en ese silencio sabio que no se está queriendo oír, el cual tal vez no tiene un volumen perceptible, pero sí más resonancia y fuerza que cualquier sonido del ruido, el cual busca apagar la melodía natural que un lugar compone.

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10 respuestas a ¿El sonido del silencio o sonido del ruido?

  1. Carolina Briones dijo:

    Una escultura que por sus dimensiones podría haber sido admirada desde distintos puntos, sin embargo, como plantea Constanza se reduce a solo ser vista – no admirada – a través de la velocidad, por pocos segundos y desde cerca. Sin contar, que las veredas que la rodean son poco amigables y transcurridas – en una comuna en dónde se privilegian las ruedas por sobre los pies -, ya que, por un lado existen un muro largo, alto y ciego perteneciente a uno de los tantos nuevos proyectos inmobiliario del sector, mientras que por el otro, nuevos edificios en construcción, algunos terrenos baldíos – los que van quedando – e incluso algunos sectores en dónde ni siquiera existe la vereda.

    Pareciera ser una especie de parche ante todo lo construído en su alrededor; aquella dosis necesaria de arte frente a un sinnúmero de stripcenters, automotoras lujosas y de fondo, un nuevo mall que se encierra en sí mismo y no deja espacio para el peatón ni se sumerge en el barrio.

    Entonces, ¿cuál es el problema? ¿Su emplazamiento o qué es lo que se ha construído a su alrededor?

  2. Me viene a la memoria el título del libro de Juan Gabriel Vásquez, “El ruido de las cosas al caer”. Estas intervenciones en la ciudad son como organismos posados en medio de un contexto ajeno a ellos en que a veces es amistoso y en otras ocasiones es un enemigo esperando el ataque. Son cuerpos que generan un “ruido al caer” y la magnitud del sonido dependerá de cuánto logre moldearse a su entorno. Como se comenta en la columna, el hecho no es precisamente el “cuerpo posado” sino el impacto que genera al caer. No es de gran importancia si es un gran caballo o una gran torre de 300 metros de altura, sino la clave está en qué pasa alrededor de estos cuerpos. Creo que para responder esta inquietud es necesario cuestionarse a la vez, qué se busca al crear estos cuerpos, ¿es realmente enriquecer el espacio urbano en el que se inscribe? o ¿es más bien una manifestación de poder encarnada en una obra?
    Es considerable preguntarse qué es lo que realmente se buscaba al proyectar esa escultura. ¿Es realmente de carácter conmemorativo? Si ese hubiera sido su fin, se quedaron en el camino para lograrlo. Ya que al conmemorar algo, se busca generar una relación entre lo conmemorado y el receptor al que va dirigido la conmemoración, es decir, es imprescindible que exista una conexión entre observador y obra; y es precisamente este ejemplo en que la obra queda soslayada a un fin más bien monumental y de imagen de poder, que a un reconocimiento cercano del lugar en que los habitantes puedan detenerse a contemplar una obra que evoca una historia que los involucra como barrio y comunidad. Insisto el problema esta en “el ruido de las cosas al caer”. La integración de la escultura podría haber sido una oportunidad, a la especie de proyecto detonante, de apertura a un espacio público en el que es estar y la contemplación hubieran sido el centro, olvidando el qué dirán y centrándose en el cómo habitar. En este momento la obra se acerca más al sonido del ruido que a la del silencio como explica la autora. El caballo podría haber sido perfectamente posado con silencio al caer en su contexto.

  3. Constanza Domínguez dijo:

    Entonces, ¿cuál es el problema? ¿Su emplazamiento o qué es lo que se ha construído a su alrededor?

    ¿Es realmente enriquecer el espacio urbano en el que se inscribe? o ¿es más bien una manifestación de poder encarnada en una obra?

    Interesante las interrogantes que nacen a partir de la instalación de esta escultura. Son las preguntas que encienden ese fuego interior por hacer de nuestra ciudad un espacio donde todas las piezas del puzle puedan unirse adecuadamente y formar esa “Obra de arte completa”. En donde ojalá no existieran esas “demostraciones de poder” encarnadas en una obra para ponerle un poco de “arte” a la ciudad y hacer vista gorda de lo que construyen paralelamente en la esquina de al frente.

    Siguen saliendo a la luz muchos temas que se han repetido en todas las columnas y comentarios escritos en el blog, en donde se critica y surgen preocupaciones en cuanto a “cómo estamos viviendo nuestras ciudades” si es arriba de esta máquina que nos transporta (Aportando cada día un granito de smog a esta nube negra), construyendo más y más metros lineales de autopistas, sin darnos el minuto de poder bajarnos mirar este “museo a cielo abierto” que nos muestra por un lado, nuestra obra de arte natural que es el paisaje geográfico en donde se emplaza nuestra ciudad y por otro lado, estas buenas intenciones de entregarnos intervenciones artísticas para fomentar e incentivar este “sonido del silencio” versus el “sonido del ruido” que está dejándonos sordos.

  4. Vicente Ebner dijo:

    Que increíble que lo que hasta hace no mucho tiempo era considerado un valle hoy pueda ser coherentemente descrito como una vitrina de exhibición enorme. Buscar medidas parche jamás solucionará ningún problema de raíz. Es el caso de la mencionada escultura, poco puede aportar como obra de arte al espectro sensorial de un conductor. La dehesa no tiene un carácter definido y dudo que alguien pudiese decir que rol juega este lugar en el gran Santiago, que nota toca en esta composición. Tanto las obras de arte, como la generación de espacios atractivos para sus habitantes sólo cobrarán real valor cuando no sean hechos aislados, sino parte de una propuesta como barrio, una pieza dentro de un puzzle como bien decían arriba.

  5. Felipe Faura dijo:

    No tenía a mi conocer la elaboración de esta escultura, pero al leer la columna me vino una imagen mental de la situación misma del emplazamiento de esta y me recuerda a otra escultura de Francisco Gazitua, el barco que previamente estaba ubicada entre el parque arauco y el homecenter. Quizás no es el mejor emplazamiento para la escultura, pero apoyando a la columna de Constanza, esta estaba ubicada en un gran espacio vacío donde se transita el peatón y la escultura le entregó una nueva dimensión a este espacio que previamente era el residual entre edificios. Lamentablemente se construyó otro edificio en ese lugar quitando la escultura para emplazarla en una situación parecida a la del caballo. Se decidió por ubicarla en la bifurcación de avenida las Condes y Apoquindo. Cualquiera que piense en esos nombres viene a la cabeza congestión vehicular. Otro error de emplazamiento e intento de manifestación de poder para la comuna ubicándola entre una de las calles que más se transitan y que para la vista del peatón ese es uno de los cruces que más desagrada para caminar.

    Sin embargo no puedo parar de pensar en una escultura de Eduardo Chillida ubicada en Madrid en el museo de arte público, en el paseo la castellana. De nombre original “Lugar de encuentros III“, la escultura se suspende bajo un puente y en un espacio de tránsito peatonal que a no ser por la escultura hubiese sido muy inhóspito por que además está junto a una de las avenidas más importantes y fundacionales de la ciudad. “La Sirena Varada“, nombre actual, entrega a ese espacio una nueva dimensión que a los peatones que transitan por la zona llama la atención y les permite quedarse contemplando la escultura misma, como también entregar un poco de placer al que esté esperando transporte público e incluso como punto de referencia. Pero tratando de responder a cual es el problema, si el lugar de emplazamiento o la construcción a su alrededor, creo que puede ser el uno como el otro, en este caso la escultura se apoderó de lo construido alrededor como el lugar de emplazamiento y enriqueció el espacio de una forma inesperada.

  6. Juan Pablo Aguirre dijo:

    Tras haber leído hace algún tiempo esta columna, me llamó la atención la explicación de Miguel Laborde en relación a la escultura, y como Costanza abordó el tema, de lo cual estoy muy de acuerdo. Pero quise darle una segunda vuelta, intentando ver el vaso medio lleno.

    Hace algunos días me tocó circular por esa avenida (obviamente en auto) en hora pic. Me demoré 30 minutos en avanzar 500 metros. La situación se ponía cada vez peor al verme rodeado de automotoras, muros ciegos y muchas construcciones en proceso. Fue ahí cuando vi la escultura y se me vino a la memoria esta columna, de un momento a otro el ruido se convirtió en silencio. En primer plano vi el caballo y de fondo la cordillera, luego me vi insertado en medio del valle que alguna vez Pedro de Valdivia utilizó para el resguardo de sus caballos. Estuve 15 minutos observando la obra hasta que un bocinazo del auto que me seguía me devolvió el ruido.

    Es cierto que barrios como La Dehesa están muy mal enfocados y dañan profundamente a la ciudad. Pero la ciudad es habitada por personas y este barrio recibe miles de personas diariamente, ya sea que van a trabajar o residen ahí. Por ello, obras como la de Francisco Gazitúa nos puede ayudar a reaccionar, entender que nos estamos llenando de espacios desechables, y tal vez en un futuro hacer de Santiago, una ciudad mejor.

  7. Isidora Mujica dijo:

    Concuerdo en que el emplazamiento de la escultura del caballo de Francisco Gacitúa carece del necesario espacio de silencio que merece toda obra de arte. Pero, de no estar el caballo, qué habría en esa bifurcación? Una bomba de bencina? O quizás otra compraventa?. Se agradece que no sea ninguna de las anteriores y que muy por el contrario, nos encontremos casi sorpresivamente con una obra de una escala mucho mayor a la humana, que se dibuja algo traslucida con la cordillera de fondo.
    También hay que considerar que no solo circulan por ese sector conductores de autos, sino que también niños dentro de ellos, que seguramente disponen de más tiempo y posibilidad de poner atención al entorno y sobre todo a cosas disonantes del resto, inesperadas llamadas de atención que siempre se agradecen, principalmente en las grandes esperas de los tacos, tal como dice Juan Pablo.
    Por otra parte, al estar emplazado en un lugar tan concurrido, se produce una sumatoria de imágenes en el tiempo, ya que al verla reiteradamente casi a diario, finalmente puede ser mejor apreciada, que si estuviera en un gran parque, lejos del ruidoso tránsito y de la vida cotidiana.

  8. Hans Besser dijo:

    Estoy totalmente de acuerdo y me parece muy acertado ese tono disonante con el cual se describe la ciudad, marchando estrepitosamente sobre un valle olvidado. Recordado solamente con esto gestos que irónicamente vienen a fundirse con la cacofonía. Sin embargo “el museo a cielo abierto” está siempre a nuestra disposición. Nosotros al movernos por la ciudad tenemos algo de libertad para hacer que el caos adquiera sentido. Pero es cierto que falta espacio y falta ritmo. Yo viví mucho tiempo en Concepción, una ciudad que aprecio sobre todo por su geografía, porque la naturaleza irrumpe en la ciudad constantemente y la obliga a detenerse entre la montaña y el río. Aún no logro entender el silencio del ruido aquí en Santiago y los únicos lugares silenciosos que he encontrado son pequeños relictos olvidados.

  9. Una obra de tales dimensiones nace para ser un objeto reconocible dentro de la ciudad. Pero, en este caso, su aparente falla no sólo ocurre por un tema de ubicación, sino más bien, por la falta de planificación a nivel general existente en el barrio. Donde su carácter formal, hasta como lo conocemos hoy en día, ha sido por agregación de piezas urbanas. Piezas que no contemplan calidad en espacios públicos, sino calidad en infraestructura privada y automovilística.
    Pienso que en una comuna carente de tales características públicas, quizá no es tan equívoca su posición. Porque, ¿Si no es ahí, dónde?, efectivamente hay muchos metros cuadrados dispersos por la comuna en los que se podría colocar, pero no espacios públicos que puedan enriquecerla y favorecer a su contemplación , debido a esa falta de planificación, que produce también que los habitantes se muevan dentro de su propia comuna principalmente en auto. Probablemente, en el acceso a ella, al entrar y salir, al menos pueden observar algo más sobrecogedor que un mall. No obstante, el que sea una obra observable sólo en segundos, seguramente no logrará una trascendencia digna y memorable como la tienen otras obras en Santiago, como la escultura de Rebecca Matte (“Unidos en la gloria y en la muerte”) en el frontis del Museo Nacional de Bellas Artes o el monumento de Manuel Baquedano coronando la Plaza Italia. Generalmente estas obras que buscan ser un hito en sí mismo o recalcar un lugar de importancia dentro de la ciudad , se elaboran en relación a acontecimientos que marcan a la sociedad en ese minuto de la historia o para conmemorar hechos históricos pasados en un momento en el que está ocurriendo algo relacionado con ese pasado. Como batallas, celebraciones de centenarios de independencia, logros artísticos nacionales, construcciones importantes, aportes científicos, por nombrar algunos. Al ser ese su sello, la masa de una determinada época lo incorpora como suyo, lo lleva a su memoria colectiva y se transmite a las próximas generaciones. Por ello, la obra de Francisco Gazitúa es bastante paradójica, porque habla del “valle de los caballos”, en tiempos de Pedro de Valdivia, donde hoy no queda más amplitud que el distanciamiento entre una y otra construcción inmobiliaria. O visto de otro modo, quizá eso es lo que busca el artista, realizando una reflexión crítica sobre el proceder contemporáneo, recordándoles a la manera de hoy (en pocos segundos y entre mucho ruido) el antiguo valle para representar aún más claramente las malas prácticas urbanas que se han llevado a cabo sucesivamente, hasta ser aquello que de valle de caballos y amplitudes poco le queda.

  10. Mercedes Patthey dijo:

    La ‘belleza de las cosas’. El ‘sonido del silencio’. El ‘ojo observador’. La ‘escucha dirigida’. Estar en la ciudad desde todos los sentidos. El tacto de los pies al caminar. El olor que trae la brisa. Ver, oír, oler, tocar… ¿qué tan agradable es sentir la ciudad?

    En Santiago no uso mucho el auto, pero cuando lo hago es como si redescubiera la ciudad. Me apoyo en el asiento, suave y holgado. No hay peso sobre mis pies. Mi torpe deambular por las veredas accidentadas es sustituido por un elegante desliz sobre cuatro ruedas. La ciudad desfila ante mis ojos a una velocidad constante, suficientemente amena como para admirar cada edificio sin detenerme en detalles. El ruido del tráfico desaparece, y es reemplazado por mis canciones favoritas. El sol y el cielo se reflejan en los paños vidriados, pero no me alcanzan ni el calor ni el viento. Todo huele a limón…

    El cómo se recorre la ciudad sin duda afecta el cómo la percibimos: a qué factores externos nos exponemos, a qué velocidad nos movemos, qué escala de ciudad percibimos, cuánto tiempo dedicamos a cada lugar. Cada manera de desplazarse por la ciudad es una forma diferente de estar en ella y de sentirla. Inevitablemente, estos distintos medios se entrecruzan y, en un alto grado, se repelen. El proyecto urbano necesita reconocer con claridad a qué tipo de desplazamiento se dedica cada espacio, para luego lograr un diseño que sea coherente y eficiente en conjunto.

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