Santiago y el desarrollo inmobiliario: La ciudad que construimos, ¿es la que queremos?

Antonia Medina AbellPor Antonia Medina A. 

Hace poco más de un mes falleció el destacado arquitecto chileno Fernando Castillo Velasco. La muerte de un personaje tan relevante obliga a revisar sus obras icónicas, entre las que se encuentran la Unidad Vecinal Portales (B.V.C.H.) o las agrupaciones que proyectó de manera independiente, como la Quinta Michita o las Comunidades Hamburgo y El Espino. Más allá de su agenda, color político o intereses personales, la mayoría de las comunidades de Fernando Castillo –no todas funcionan—trascienden como un ejemplo interesante de lo que significa la vida comunitaria, tanto en una microescala (el barrio) como a un nivel mucho mayor (la ciudad).

Días atrás tuve la oportunidad de visitar la Comunidad El Espino, ubicada en la calle Las Perdices, La Reina. El conjunto consta de 26 viviendas distribuidas en  3.120 m2 de terreno, que el proyecto original (1984) concebía como la repetición de un solo “modelo” con ínfimas variaciones. Sin embargo, la agrupación de las casas en el terreno, en forma de tres medias lunas cuyo frente se dispone hacia la calle-estacionamiento perimetral del conglomerado, y cuya espalda conecta los patios privados al parque comunitario; la presencia de elementos ordenadores como un parrón perimetral; servicios de uso común como juegos de niños, cancha de fútbol y piscina; la organización interna (que protege a la comunidad contra la expansión descontrolada de un solo individuo y vela por la mantención del jardín); y el fácil acceso a visitantes, hacen de esta comunidad un lugar marcado por una fuerte identidad colectiva, sentido de pertenencia y valorización del espacio público sobre el individual. Estas características previenen su obsolescencia.

Frente a un ejemplo notable como este es necesario revisar la situación del desarrollo inmobiliario actual, y preguntar: ¿cómo es el Santiago que estamos construyendo?

En Chile, hoy nos hallamos frente a un sostenido boom económico. En ese marco, la oferta inmobiliaria se ha ampliado rápidamente, haciéndose cargo de cubrir la necesidad de vivienda, la extensión de la ciudad (muchos proyectos se hacen cargo de la urbanización correspondiente) y los espacios públicos. Esta es la que controla la forma e imagen del Santiago actual.

Esta es una gran responsabilidad, la cual no ha sido abordada adecuadamente. El problema no radica en la existencia de la economía, ni en el importante rol que esta adquiere en las decisiones de un grupo inmobiliario para hacer sus negocios (la inversión debe ser rentable). El problema es la conversión de la casa en producto, vista como unidad autónoma (casi como un juguete Lego que puede armarse mil veces y trasladarse a todas partes); independiente de sus vecinos, del territorio, del espacio público. Esto ha llegado a tal punto, que comprar una casa se ha convertido en una elección tipológica cualquiera (La inmobiliaria Aconcagua ofrece “4 modelos de casas inglesas y mediterráneas” en su proyecto Cumbre San Damián[1]. Enaco propone una sola solución, bajo el nombre de “arquitectura provenzal”, para La Florida, Pudahuel y Chicureo; y otra “de elegante diseño” sospechosamente semejante en Lo Barnechea[2]). Hoy se construyen casas de catálogo, como si fueran chocolates.

Y nosotros, los arquitectos –espectadores silenciosos—no nos estamos haciendo cargo del asunto. Hemos tomado, en general, posturas puntuales: ir con la corriente (“vendernos”) o adquirir un odio acérrimo contra las inmobiliarias y no tomar cartas en el asunto. Las ciudades son resultado de múltiples intereses, y no estamos compartiendo los nuestros con el resto de Santiago. Hay que hacer un salto de escala, y pensar en el individuo tanto como en la ciudad donde se desenvuelve: el problema de los materiales, dimensiones y emplazamiento unido al del conjunto, las calles, los parques y el paisaje.

El dilema no es cortar los cerros ni atravesar los campos, sino el por qué lo estamos haciendo. ¿Estamos buscando una buena ciudad (lo que nos obliga a pensar en los demás en el proceso) o, solamente, una buena casa (lo que es positivo, pero incompleto)? ¿Pensamos cómo envejecerá nuestra ciudad?

Para terminar, es necesario hacer un llamado general: a los desarrolladores para que se conviertan en planificadores; a los compradores para que se transformen en habitantes; y a los arquitectos, para que asumamos el deber ético que nos corresponde: aunar intereses individuales y colectivos sin olvidar ninguno y hacer de Santiago una ciudad identificable, agradable y vivible, tanto para hoy como para los próximos cien años.


[2] Enaco, Proyectos [en línea] http://www.enaco.cl/proyectos/ [consultado el 26/08/2013]

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7 respuestas a Santiago y el desarrollo inmobiliario: La ciudad que construimos, ¿es la que queremos?

  1. msolari1 dijo:

    Por principio el privado no busca mejoras para los ciudadanos, sino mayor rentabilidad en sus proyectos, por lo que no recae en ellos la responsabilidad de mejorar la calidad de vida en la ciudad por medio de sus intervenciones.

    El actor que hace falta acá es alguien que desde el estado fiscalice el actuar de privados, hacen falta normativas bien pensadas para cada sector de Santiago.
    El desarrollo es necesario para suplir la gran demanda que hoy existe por vivienda y la densidad es una clara alternativa para esto, pero hay que poner limites en este crecimiento.

    Un caso es lo ocurrido con el plan de repoblamiento del centro de la ciudad, donde se incentivó a privados para que construyeran en altura, los primeros proyectos fueron un acierto, logrando atraer habitantes al deshabitado casco histórico generando edificios de altura moderada y comercio en el primer piso.
    Luego de esto el boom inmobiliario aumentó en el sector y las empresas comenzaron a construir sin respetar el entorno, generando, donde antes existía comercio, muros ciegos que daban a la calle y hacían más peligroso el transito y menos atractivo el barrio.
    Similar es lo que ocurre en barrios cerrados, donde solo se quiere mejorar el “producto” que se venderá, sin tener en consideración el entorno en el que este se inserta.

    Estoy de acuerdo en que ya no podemos seguir culpando a las inmobiliarias por lo que sucede en nuestras calles, es tiempo ya de involucrarnos también en la generación de nuevas normativas más estrictas para definir como han de construir en ellas.

  2. Catalina Alcalde dijo:

    Concuerdo con que debemos cambiar la forma en que planificamos nuestras ciudades. La existencia de varios planes que operan en paralelo sin coordinación no ayuda en absoluto a esta planificación. El MOP, el Ministerio de Transportes y la Subdere tienen un plan propio que no dialoga con el de al lado. A esto se suman los 37 planes reguladores municipales. El resultado de esta ecuación es un desorden generalizado para la ciudad.

    Según el urbanista Ivan Poduje, la solución es fusionar el PRMS con transporte, vivienda e infraestructura, creando un solo plan potente administrado por una autoridad metropolitana como es el caso de Bogotá, Londres y Nueva York.
    Con respecto al comentario anterior, concuerdo con que hay que dejar de culpar al desarrollo inmobiliario. Éste funciona como funciona porque la ciudad se lo permite, porque no hay quien lo regule. Este es el deber del estado. Me parece curioso que ningún candidato presidencial tiene como prioridad este tema en su programa de gobierno, considerando que cerca del 90% de la población chilena vive en ciudades y que su falta de planificación afecta directa y cotidianamente su calidad de vida. Espero que no tengamos que terminar nuevamente en las calles para que estos conflictos adquieran la importancia que merecen.

  3. Sebastián Pedrals dijo:

    Creo que el problema no se encuentra en que las casas se encuentren estandarizadas y estas formen parte de un catalogo que presenta diferentes tipologías, sino como es la calidad del espacio “público” interior del proyecto y su relación con el resto de la ciudad. En muchos casos estos proyectos tienen el objetivo de hacer que la disposición de las casas permita que entren la mayor cantidad éstas, y aquellos espacios resultantes transformarlos en áreas verdes para poder cumplir con los metros cuadrados que exige la ley. No se ve un esfuerzo en que el diseño genere un espacio de calidad en su interior como también la relación del proyecto con el exterior. Muchos de estos proyectos se presentan como lugares aislados del resto de la ciudad, con grandes muros y el mínimo de entradas para poder controlar el ingreso. Estos proyectos se presentan como vacíos al interior de la ciudad, limitando no solo su espacio sino también aquellos que lo rodean.
    Por otro lado estos problemas pasan desapercibidos debido a muchas veces en el momento de la adquisición de estas propiedades el comprador privilegia básicamente la “calidad” de la casa dejando de lado el carácter de la totalidad del proyecto, validando el acto de la inmobiliaria y el desarrollo de este tipo de proyectos en la ciudad.

  4. Rosario Tocornal dijo:

    Leyendo los comentarios anteriores, creo que es muy correcto el último párrafo de la columna, donde se le hace un llamado a las autoridades, a los arquitectos y a los ciudadanos, ya que lo que pasa, sucede porque los agentes relacionados con el asunto, a quienes está dirigido el llamado, lo permiten.

    Creo que gran parte de este problema se debe a la concepción de hacer ciudad que tenemos, donde el espacio privado siempre se sobrepone al espacio público.
    Llego la hora de que las construcciones privadas comiencen a tomar en cuenta el espacio público dentro de sus proyectos, que tengan en cuenta la llegada a la calle de los mismos, la calidad de las veredas que proyectan, en fin, que colaboren con su grano de arena en hacer de Santiago una ciudad amigable, donde el espacio público sea de calidad, valorado y cuidado.

    Claramente esto no se logra de un día para otro, sobretodo si no tenemos la concepción de que la calidad del espacio público es lo que finalmente genera una ciudad agradable para todos, por lo que me parece necesario que los municipios comiencen a poner las reglas, y de igual manera, empecemos a entender que la ciudad no es de la puerta para adentro, sino más bien, de la puerta para afuera, y que si queremos tener una ciudad con calidad de vida, comencemos todos a hacernos cargo de ello, las autoridades con normativas, los arquitectos con los proyectos y los ciudadanos, que son quienes finalmente hacen rentable proyectos ensimismados sin relación alguna con la ciudad.

  5. Maria de los Angeles Silva dijo:

    Para que se construyan proyectos que aporten en nuestra ciudad hace falta que al momento de aprobarlos existan profesionales de distintas áreas que sepan identificar los efectos que estos tendrán en el barrio y en la ciudad, teniendo en cuenta factores sociales, de accesibilidad y movilidad, de calidad de espacio, etc.

    Existen hoy grandes proyectos inmobiliarios que son burbujas frente a lo que pasa afuera, que son elementos aislados de su ciudad y que no consideran que son parte e imagen del Santiago que estamos construyendo. Está bien que respondan al crecimiento de la ciudad, pero es importante el ser consientes si esta es la ciudad que queremos construir.

  6. Juan Pablo De la Maza dijo:

    Concuerdo con Sebastián en que el problema no son las casas estandarizadas, ya que esto por lo general es un plus dentro de los proyectos debido a que así se optimizan los tiempos de construcción y por ende se disminuye la contaminación ambiental, acústica, etc.

    De esta forma, el problema radica más en un problema de concepción del crecimiento de la ciudad, donde se privilegia la extensión sobre la densificación. Esto conlleva a que se generen proyectos grandes, principalmente en la periferia, donde es más barato. Esto hace que se creen nuevos micro-barrios asilados, que por ende tienden a ser endógenos debido a que se privilegia la seguridad, por lo que se hace más difícil su relación con la ciudad y terminan fragmentándola.

    Finalmente me uno al llamado a mejorar la calidad de estos proyectos, en cuanto a su relación con el espacio público y a la bandera que toman en el crecimiento de la ciudad, donde los arquitectos somos los principales responsables y más que cómplices, somos garantes de la mezquindad de los inmobiliarios, que de por sí no son los “malos”, si no que tienen otras prioridades.

  7. Veronica Sepulveda dijo:

    La sociedad en general debería tener claro en qué tipo de ciudad quiere vivir, y así poder construirla. Si a la sociedad solo le interesa el beneficio económico, claro que la vivienda será tratada como un bien. La relación entre viviendas, entre vivienda y calle, y el espacio público serán tratados en función de la rentabilidad. Si no nos interesa ese tipo de ciudad hay que hacerlo saber y tener claro cuáles son las alternativas. Es por eso que creo que nuestro rol como arquitectos además de diseñar y ayudar a planificar y desarrollar la ciudad, es exponer la problemática. Plantear el tema en todos los sectores y que sea una discusión del día a día, donde todos se sientan involucrados y con la necesidad de estar informados. Deberíamos ser capaces, como sociedad, de decidir en qué ciudad queremos vivir y como queremos que se desarrolle, y como arquitectos debemos lograr que sea un tema que no le corresponda solo a algunos.

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