Un México que habla: las huellas del pasado

Por José Luis Guerra

La Ciudad de México, capital de México, es sin duda una de las ciudades con más historia del mundo. Fue en el año 1325, cuando los mexicas se asentaron en una isla en el valle de México a la que llamarían México-Tenochtitlán. Según se cree, los pobladores emigraron hacia la isla que sería el primer asentamiento del país, debido a un enorme descontento por la distribución de chinampas en su isla ‘natal’, y fundaron lo que dio lugar a una ‘ciudad-satélite’, que era autosuficiente por sí sola al estar en estrecha relación con los abundantes recursos naturales que ofrece el lugar. Rodeada de lagos y cuencas, montañas y volcanes, Tenochtitlán se convertiría en una de las más importantes ciudades del mundo de su época.

Y eso fue solamente el comienzo. Construida sobre un lago, la capital de los mexicanos se convirtió en un símbolo de poder que dominaba gran parte de Mesoamérica debido a todos los pueblos que tenía sometidos y que debían pagar tributo. Es por esto, que con la llegada de los españoles, numerosos pueblos indígenas se aliaron a ellos para así propiciar la caída de México – Tenochtitlán. Después de todo, bien dice el dicho que no hay mal que dure cien años.

En aquella época al frente de México – Tenochtitlán se encontraban manos europeas, quienes serían los que comienzan a ‘traer’ las corrientes arquitectónicas de la época en Europa, a México. Y no nos parece raro que México haya adoptado el estilo francés de la época, teniendo al frente, en el año 1864, al Emperador Maximiliano respaldado por las tropas de Napoleón III. Pero los tres escasos años que duró Maximiliano como Emperador de México no bastan para explicar este tan persistente y poderoso estilo francés que se encuentra en la capital del país hasta nuestros días. En realidad, el verdadero apogeo del estilo surgió durante el Porfiriato, denominado así al período de gobierno del presidente de México, Porfirio Díaz desde 1876 hasta 1911. ¡Fueron treinta y cuatro años! ¿Cómo no iba a ser capaz de afianzar de aquella manera un estilo en el país?

Bueno, no se llevará todo el mérito Don Porfirio Díaz, si fue el Emperador Maximiliano quien ordenó e inauguró la calzada del Emperador (hoy Paseo de la Reforma), sin embargo, fue gracias a Díaz que éste boulevard cogió el papel protagónico del que hoy goza.

Es entonces cuando digo: ¡Qué paradoja! Pues ese general que estuvo al frente del ejecutivo federal durante más de tres décadas, combatió en la guerra contra Maximiliano; aquél mexicano afrancesado hasta la muerte eligió morir en País pudiendo haberlo hecho en España.

Pero no salgamos del tema y volvamos al paseo de la Reforma, cuyo diseño parece estar inspirado en los Campos Elíseos de París; y si nos situamos en el Louvre, vemos esa perspectiva que comienza en el arco de carrusel, y pasa por el obelisco egipcio que se levanta en la Plaza de la Concordia hasta llegar al Arco del Triunfo. Pues por otro lado, usted verá, en el famosísimo Paseo de la reforma, también hay una serie de monumentos en perspectiva, como el Castillo de Chapultepec y el Ángel de la Independencia que me hacen pensar que no cabe duda que su trazo reproduce la fórmula común de la Francia del barón Haussmann. El urbanismo, la apertura de perspectivas monumentales, el ordenamiento del paisaje urbano, Versalles como paradigma a imitar, son sólo unas variables que demuestran el tan significativo afrancesamiento en México.

Por otra parte, la columna de la Independencia (donde se postra el ángel de la Independencia) pareciera aludir de manera directa y replicar la columna de Julliet, localizada en la plaza de la Bastilla. Incluso la Julliet también está rematada por un Ángel dorado. Y, si la de París está rematada por el ángel de la libertad, no me parece extraño que la de México tenga su ángel de la Independencia. ¿No le parece enorme la similitud?

Y hablando de ello, evidentemente el castillo de Chapultepec, que fue remodelado por arquitectos franceses en tiempos de Maximiliano, es una reproducción de Versalles. A mí me parece que la mejor vista del Paseo de la Reforma sea la que se aprecia desde el balcón desde el que se asomaba Carlota para ver a Maximiliano procedente del Zócalo, agotadísimo de una larga jornada de trabajo imperial. Pero usted adivinó; claro que después, nuestro protagonista (antagonista) Porfirio Díaz vivió en aquel castillo, y fue él quien lo amuebló con el lujo decorativo francés, al estilo Napoleón III.

Pero ahora acompáñeme al metro Bellas Artes. Ahí se levanta un túnel al metro al estilo Guimard: una estructura de hierro y cristal, y curvas sinuosas flaqueada por dos farolas como estambres o pistilos. En otras palabras, art nouveau en estado puro y latente. Y este es sólo una viva réplica más de las entradas del metro que por ahí de los años 1900’s Guimard hacía en París, ahora trasplantada a la estación Bellas Artes; y tal como se lee en la placa ahí colocada, no es más que un obsequio que el metro de París le hizo al metro de México, en reciprocidad por el mural que este último le regalara a aquel, y que fuera instalado en la estación del Palacio de Louvre.

Y no se diga nada del Palacio de las Bellas Artes, que es precisamente éste el que está más inspirado en la Ópera de París. Sus semejanzas con el edificio de Garnier son tan evidentes que negarlas sería ofender el sentido común. Si usted observa detenidamente, en la explanada delantera de este palacio, descubrirá cuatro grupos escultóricos, que en realidad repiten el mismo motivo. La obra en bronce está integrada por un caballo, una ninfa y un bailarín que salta con los brazos abiertos al aire, como queriendo conquistar el cielo: nada más parecido al conjunto escultórico ‘La danza’ que, en 1867, hizo Jean Baptiste Carpeaux para la ópera de París.

A pesar de que en rigor esta señal francesa no es un vestigio significativo, allí se ve también que la mutua fascinación que se prodigan Francia y México sigue funcionando en nuestros días, más de cien años después de Maximiliano; y aunque los ejemplos más antiguos del estilo remitan a Inglaterra, es obvio que el también llamado modernismo llegó a México por vía francesa-porfiriata. En lo personal, encuentro muy bueno que México sea un país tan antiguo y tan poderoso que usted pueda consumir un tamalito oaxaqueño, o un nopal en casi cualquier esquina, mientras ve sumergir aquí o allá un trozo de París, y todo ello entre serpientes emplumadas, pirámides truncadas, ruidosos mariachis y fachadas de templos profusamente barrocos.

 

 

 

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Una respuesta a Un México que habla: las huellas del pasado

  1. Alberto Daniel Alanis Baker dijo:

    estoy completamente de acuerdo contigo, la ciudad sigue en su rumbo pero ahora independientemente, a pesar de tantas influencias desde nuestros ancestros indígenas, los conquistadores españoles y los diseñadores franceses, creo que México es un país, sin duda con riqueza histórica, pero un país que se a ido desarrollando con muchas influencias y estilos hasta crear un propio. el escrito para mi se resume en 4 lineas; “México sea un país tan antiguo y tan poderoso que usted pueda consumir un tamalito oaxaqueño, o un nopal en casi cualquier esquina, mientras ve sumergir aquí o allá un trozo de París, y todo ello entre serpientes emplumadas, pirámides truncadas, ruidosos mariachis y fachadas de templos profusamente barrocos”.

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