La ciudad y los monumentos

Por Felipe Contreras Mira

Hace algunas semanas se completó en el distrito de Chorrillo, en la capital de Perú, un polémico monumento de 37 metros de altura denominado “Cristo del Pacífico”. El proyecto, una de las últimas iniciativas del ex presidente Alan García cuando estaba en el cargo, generó una fuerte polémica en la sociedad limeña. A modo de ejemplo, la alcaldesa de Lima, Susana Villarán, solicitó que se colocara la estatua en otro lugar, ya que en el actual interrumpe la visibilidad del Morro Solar, un lugar histórico por ser uno de los últimos bastiones de los soldados peruanos durante la Guerra del Pacífico. Sin embargo, su solicitud fue desestimada.

La situación trae a la memoria algunas iniciativas locales, siendo quizás la más recordada la estatua del papa Juan Pablo II (de 13 metros de altura sumando su pedestal) que se quiso colocar en el parque Juan Gómez Rojas, frente a la Facultad de derecho de la Universidad de Chile, por iniciativa de la alcaldesa de Recoleta Sol Letelier y el decano de arquitectura de la Universidad San Sebastián, Cristián Boza. El proyecto fue en definitiva rechazado por el Consejo de monumentos nacionales, y hacia fines del año pasado se determinó que el lugar definitivo de la estatua sería en los terrenos del Templo Votivo de Maipú. Sin embargo, las voces críticas volvieron a surgir, entrampando nuevamente la iniciativa, hasta el día de hoy en punto muerto.

Pareciera ser, respecto a la instalación de nuevos monumentos en las ciudades contemporáneas, que hay dos factores que determinan el debate. El primero es ideológico, y tiene relación con el motivo del monumento y sus posibles implicancias políticas (recordemos los casos del memorial a Jaime Guzmán en Vitacura y el monumento a Salvador Allende en la Plaza de la Constitución, y las respectivas polémicas que generaron). El segundo tiene relación con los aspectos formales de las obras, referidos a la forma y la escala de las intervenciones. Es en este último punto donde la injerencia de arquitectos y urbanistas debiera ser mayor, pero que, como se vió en los casos presentados en un comienzo, se están produciendo varias situaciones de crisis.

Cabe preguntarse en este punto, por qué tanta polémica. En ambos casos se trata de monumentos de escalas mayores y de carácter figurativo, pero estos no son una realidad ajena a las grandes ciudades. Si pensamos en el Cristo redentor de Río de Janeiro, en la estatua de la libertad en Nueva York, y en el caso local en la Virgen del San Cristóbal, se trata de hitos urbanos ampliamente apreciados por la comunidad, que otorgan identidad a las ciudades en que se establecen y permiten generar una “postal urbana”. Pero algo cambió. Se podría argumentar, en principio, que él solo tratamiento formal de las intervenciones antes mencionadas tenía una factura mucho mejor a las propuestas monumentales actuales, desde la elección del lugar hasta la concreción misma de la gestualidad de las esculturas. Pero ello no parece ser razón suficiente. Mal que mal, solo una pequeña fracción de las críticas a estos proyectos se centra únicamente en sus cualidades formales. Existe un descontento mayor ante estas intervenciones, el que parece tendiente a exigir la participación de los propios ciudadanos en la concepción y desarrollo de estas propuestas, y que no sean impuestas por un reducido número de actores políticos y sociales. Pero además existe un descontento que proviene desde el propio mundo profesional, una cierta impotencia entre quienes se supone están llamados a ser los protagonistas de los cambios en las ciudades, y se encuentran en oposición a este tipo de intervenciones.

Y claro, tiene sentido. Porque los ejemplos antes mencionados de intervenciones monumentales exitosas tienen algo en común; todas ellas se realizaron entre fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Y si la manera de concebir la ciudad y de hacer arquitectura ha cambiado radicalmente durante un siglo, ¿Cómo se explica que la manera de realizar nuestros monumentos permanezca igual? Realizando un ejercicio de ficción, si imaginamos que el cerro San Cristóbal nunca hubiera tenido la estatua de la Virgen, y en la actualidad a un ente privado se le ocurriera donarla, la polémica sería de proporciones. ¿Por qué habría de dedicarse la cumbre más importante dentro de la ciudad a la veneración de una imagen de una religión en particular? En parte la aceptación que tenemos sobre estos grandes hitos monumentales se debe a que pasaron la prueba del tiempo, a que fueron realizadas en una época donde no cualquiera tenía derecho a expresar sus reparos ante semejantes intervenciones, y su realización calzaba con los cánones de la época. Y me atrevería a decir que en este caso hipotético, efectivamente la construcción de semejante monumento en la actualidad carecería de sentido.

Pero entonces, ¿existe una manera de realizar monumentos en la ciudad contemporánea? Por supuesto que sí, y los ejemplos están a la vista en nuestra propia ciudad porque, como suele ocurrir con las intervenciones urbanas, lo cierto es que no existe un parámetro común, y la misma ciudad se encarga de mostrarnos las dos caras de la moneda. Volviendo a uno de los ejemplos mencionados anteriormente, el memorial a Jaime Guzmán emplazado en la intersección de Av. Vitacura y Andrés Bello, es sin duda un buen ejemplo. Independiente de las apreciaciones políticas que se puedan tener sobre el personaje homenajeado en cuestión, las intervenciones formales están logradas ya que se centran no en ocupar un lugar consolidado de la ciudad con una estatua, sino en justamente ocupar un lugar perdido, una punta de diamante, y habilitarla mediante un trabajo de niveles, además de disponer en su superficie lugares de estancia para el transeúnte. Así mismo, los elementos formales en este caso atenúan el segundo factor en disputa, el ideológico, ya que no es una intervención evidente que fuerce a quienes no profesan las ideas del ex senador a confrontarse con su figura. Por el contrario, es fácil imaginar el impacto que habría tenido la construcción de una escultura figurativa de 8 metros de altura del fundador de la UDI en este lugar.

El anterior es solo un ejemplo. Creo que se podría mencionar también el monumento a la FACH en la plaza de la aviación, continuación del parque Balmaceda hacia el oriente, o bien el Monumento a las mujeres víctimas de la represión, en la Plaza Metro Los Heroes, que si bien no pudo hacerse cargo de la complejidad del sitio en que se instaló, es en sí mismo un buen ejemplo de lo que se puede lograr con un concepto no-figurativo y con economía de materiales. Lo cierto es que se podría resumir lo que considero como un adecuado monumento en la ciudad contemporánea aquel que no solo ocupa un lugar dado, sino que es capaz de crear uno nuevo, generando ciudad. Y que idealmente sea elegido mediante concurso público, y no como un encargo privado.

Esto es independiente de las apreciaciones ideológicas, ya que en la ciudad todas las opiniones deben tener cabida, siempre y cuando sean manifestadas con el adecuado respeto hacia las demás posturas. Y en la ciudad contemporánea, este es un tema que también tiene que ver con las escalas.

 

 

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8 respuestas a La ciudad y los monumentos

  1. José Luis Guerra dijo:

    Si bien mencionas ha cambiado la manera de hacer arquitectura, y parece que también la de hacer monumentos. Como la mayoría de nosotros somos católicos, no nos extraña tener a la Virgen en la cumbre de este cerro tan alto, el San Cristóbal. y ¿Por qué tiene que ser una Virgen y no un Buda? pues como también mencionas, cambió la manera en que la gente se opone y opina en pos de lo que piensan mejor para su ciudad. Y este fenómeno aplica para todas las ciudades tan grandes.

    Creo que en la actualidad, convendría más “adornar” la ciudad y darle una identidad mediante obras de arte que no impliquen afición o rechazo en la gente, pues por el contrario, y por mencionar un ejemplo, no todos serán simpatizantes de un ex presidente como para hacerle una escultura y postrarla en un punto interesante de la ciudad.

    Entonces creo que si se desea dar identidad a la ciudad, se puede recurrir a las obras de algunos artistas chilenos que pudieran funcionar de manera que no se genere polémica entre los habitantes de tal o cual ciudad.

  2. Ana Cristina dijo:

    Al leer me vienen a la mente muchas causas por las cuales se desestiman actualmente los monumentos figurativos; el cambio de parámetros estéticos; la democratización de la ciudad, en términos de que se pone o se quita de ella; las múltiples corrientes ideológicas que hoy cohabitan en la población mundial, porque bien es cierto que para todo siempre ha habido un detractor, pero lo que parece es que ahora o son más o gritan más fuerte su descontento; entre muchas otras, las que me en mi opinión son más fuertes, tienen que ver con asuntos económicos y creativos. Económicos, porque al hablar de prioridades, el erigir una de estas figuras monumentales, representa un gasto público muy elevado, que podría ser invertido en asuntos de mayor urgencia (vivienda por ejemplo). Y creativo, porque las demandas son otras, y así como el parque urbano hoy en día no tiene el carácter de patio que alberga árboles para que la ciudad respire mejor, sino que soporta la carga funcional de configurar un lugar, un espacio y un rincón que soporte actividades de múltiples características; así mismo, el monumento debe atender a las mismas demandas. El problema no está entonces en tratar de que un público específico (territorialmente hablando) acepte un monumento, está en hacer que el monumento además de su carácter conmemorativo se imponga desde sus características particulares para competir en lo que actualmente yo llamaría la libre competencia urbana que se da entre los espacios públicos y sus equipamientos respectivos en términos de atracción de usuarios.

  3. Cristóbal Hillbrecht dijo:

    Concuerdo con tu postura en que los nuevos tiempos requieren mayor debate sobre qué y dónde se instala un monumento y esculturas dentro de la ciudad, y que lógicamente tiene que ver con una sociedad contemporánea más participativa.
    En mi opinión, sobre el tema del ”qué”, yo descartaría figuras o retratos de personajes por que tienen mucha carga ideológica (y son muy encerradas en la persona por sí sola) y la idea es insertar estos elementos con la menor fricción posible en una ciudad mas diversificada. Me inclinaría más por trabajos que recuerden hechos significativos ampliamente aceptados por la comunidad, para ello mediante concurso público.
    Las esculturas muy abstractas son las que hacen menos roce, y se me viene a la cabeza el Parque de las Esculturas, que en sumatoria visten con gran acierto un espacio público del borde-río. Y ahí está el otro tema de dónde ponerlas. O tratar de ubicar dentro de la zona en directa relación con la escultura, o apuntar a lugares públicos dónde se hace perfectamente posible potenciarlos. Ahí el cómo es fundamental para darle todo el orden, identidad y espacio. Por supuesto y como dice el autor de la columna, con la escala pertinente.

  4. Joaquín Arriagada Comunian dijo:

    Son interesantes los ejemplos citados. La Estatua de la Libertad, el Cristo Redentor y la Virgen del Cerro San Cristóbal fueron construidos en tiempos en que la monumentalidad estaba más de moda, y además la opinión pública no era tan poderosa como hoy. Sin embargo estos monumentos pasaron la prueba del tiempo no sólo porque se transformaron en íconos, sino también porque lograron aportar a la ciudad, es decir, no funcionan sólo como estatuas. Estos tres ejemplos funcionan en dos escalas: Están pensadas para ser vistas, primero, a gran distancia, lo que va en proporción a su tamaño. Así se desarrollan como hitos visuales y se genera el interés de observar sus enormes dimensiones de cerca. Los tres casos cuentan con espacio público adyacente, y estos ofrecen vistas de sus respectivas ciudades desde la distancia. Son los monumentos los que generan el atractivo inicial de visitar estos lugares que, dada la distancia y difícil acceso, pasarían desapercibidos.
    Muy distinto es por ejemplo el caso del Papa del parque Juan Gómez Rojas, ya que se pretendía instalarlo en un espacio accesible y con atractivo propio, y no necesariamente habría aportado algo extra, sino al contrario, habría impuesto un sentido religioso en el parque, lo que no tenía relación con su contexto. Además la escala del monumento es totalmente desproporcionada a la distancia de la que habría sido observado, lo que lo volvía invasivo.
    El problema con las representaciones figurativas es que al ser específicas pueden resultar excluyentes para las personas. Con el desarrollo que han tenido las artes visuales, es posible homenajear a quien sea, plasmando en el monumento no su cara, sino las características que se quieren resaltar. Es muy distinto sentarse y almorzar junto a una estatua del Papa (de 1 o 13 metros), que junto a una obra que pretende expresar, por ejemplo, sus valores.

  5. Catalina dijo:

    Estoy de acuerdo en que los tiempos han cambiado, pero me llama la atención que hoy cada día se va perdiendo más la identidad propia de cada lugar.
    Antes no era sólo que los grandes monumentos figurativos imprimieran carácter al lugar, sino que ellos tenían una carga ideológica tan potente que eran capaces de representar el sentir de la gran mayoría de la población, y pasar a ser parte importante de su imaginario.
    Hoy se han diversificado las formas de pensar y las distintas ideologías presentes en los habitantes de la ciudad. Por eso, a mi parecer, se ha instaurado una mal entendida tolerancia en la que todos abogan por un “no decir lo que creo para no pasar a llevar al otro”.

    Está bien que los nuevos monumentos sean más neutros ideológicamente hablando, que se ocupen de áreas antes olvidadas y que generen espacios para todos. Pero creo que esto es un arma de doble filo que amenaza con generar ciudades débiles que serán tan “para todos” que terminen siendo de nadie.

  6. Juan Ignacio Hodali dijo:

    La palabra clave es PARTICIPACIÓN. Al igual que otros proyectos dentro de las ciudades, sus habitantes cada vez con más fuerza, están exigiendo que se escuchen sus ideas. Esto parece ser obvio en grandes obras de infraestructura como redes de transporte y proyectos energéticos, pero no es tan obvio en estos casos.
    Hay dos maneras de aproximarse al problema, la primera tiene relación con el monumento, no con la imagen de este, más bien con el concepto de un “hito” para una ciudad. Muy poca gente se opondría a la creación de un “hito” dentro de la ciudad, en primer lugar, como dices se crea una postal para la ciudad, una imagen, que no sólo ayuda al turismo, también crea conciencia de pertenencia a un lugar. Los ejemplos más claros de estos son los que mencionaste en tu columna, Nueva York, Río de Janerio, Cerro San Cristóbal. Lo que se oponen es a la imagen de estos hitos. Esto nos lleva a la segunda manera de aproximarse al tema: el tiempo. Claramente a fines del s. XIX, las imágenes religiosas eran ampliamente aceptadas, pero en un mundo globalizado como el nuestro, estas imágenes deberían llamar la atención de todos por igual, pues todos pertenecemos al mismo lugar. Para que las imágenes y monumentos del s. XIX tengan el carácter que tienen hoy, se necesito TIEMPO. Tiempo para asimilarlas con un lugar en específico.
    Hace poco fui a Lima y el Cristo del Pacífico aun no se encuentra en ninguno de los circuitos turísticos de la ciudad, muchos lo mencionaron como el último capricho de Alan García. Quizás faltó mayor participación ciudadana, pero quién sabe si en el futuro, luego de un siglo de existencia, este se transforma en una de las nuevas maravillas del mundo, como el cristo de Río de Janerio.

  7. Rosanna Cáceres Vergara dijo:

    Estoy completamente de acuerdo con que hoy ha cambiado la forma en que se hace arquitectura y en que hacemos o concebimos la ciudad, en comparación con lo que se hacia a fines del siglo XIX o inicios del s XX. A su vez han cambiado el peso de la opinión pública y la ideologías o religiones a las que nos adscribimos, formando una sociedad cada vez más heterogénea, auto-segregada, hiper-conectada e hiper-informada, de modo que cada vez es más difícil encasillar o agrupar a la población en determinadas creencias. Con esto también cambió la forma en que nos relacionamos entre nosotros y con la ciudad: las cosas ya no se aceptan tal como son impuestas desde arriba, sino que todo se cuestiona y critica, además de que prácticamente ya no existen grandes personajes públicos a quienes adorar (a excepción de los grandes artistas que siguen causando locura entre sus fans). Hoy se eligen los representantes políticos y sus acciones son juzgadas en el tiempo, no se le es fiel de porvida. Lo mismo sucede con la Iglesia: la fe en Dios no es algo impuesto ni tampoco el Dios a seguir, y sus clérigos ya no son santo de devoción de nadie, al contrario, están en constante tela de juicio
    Así que hoy ya no estamos para monumentos, la sociedad ya no está dispuesta a tener a un coloso a quien adorar, porque a fin de cuentas un monumento está ahí para recordar la grandeza de quien es inmortalizado o para ser protagonista de procesiones y ceremonias de adoración. Así son el Cristo redentor, la virgen del cerro, y las miles de estatuas ecuestres que están desperdigadas por el mundo, entre otras. Esto es proporcional a los metros de altura de cada escultura. Por lo tanto, que hoy no se acepten no depende de la altura o el lugar (como la estatua del Papa) ni de la factura de este, sino que son rechazadas por su neta condición de monumento, presto para ser adorado.
    Así, a fin de cuentas, hoy se requiere evolucionar en esto de hacer monumentos, ya no necesitamos adorar, sino que valoramos recordar a través de la creación de espacios que contribuya a nuestras vidas, osea necesitamos que lo que se está recordando se haga parte de nosotros, de que podamos vivirlo, que no sea algo para admirar.

  8. Alice Candemil dijo:

    En relación a los aspectos formales de las obras, creo que sin duda hay una enorme dificultad para construir monumentos en la ciudad contemporánea, especialmente por la diversidad de nuestra cultura, donde conviven habitantes con diferentes ideologías.

    Es por eso que siempre existirán controversias en una ciudad cuando la obra que se quiere edificar es muy distinta a lo que sus ciudadanos están acostumbrados a ver y entender por monumento. Por lo que no falta mencionar, que muchas veces se realizan copias baratas de lo que se ha realizado en el extranjero, incluyendo repeticiones dentro del mismo país.

    ¿ Pero es necesario que sean totalmente nuevos esos monumentos?

    Mas que construir NUEVOS, creo que deberíamos primero, saber revalorar aquellos monumentos patrimoniales que ya existen en nuestra ciudad. Es por eso que es importante contar con el apoyo de los municipios, ya que trabajando con el esfuerzo de públicos y privados, juntos puedan lograr poner en relevancia una obra

    Recuerden que la Torre Eiffel, en la época que fue construida fue considera por muchos artistas y además por parisinos como un “monstruo de hierro”, debió pasar años para ser aceptada, quizás tengamos monumentos que estamos ignorando y que sean importante de rescatar en los tiempos de hoy.

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